miércoles, 21 de marzo de 2012

El faro.

Después de un rato, lo dudó, pero accedió. Faltaban unas cuantas horas para el encuentro y ella apenas podía con aquel mar de sentimientos.
Habían acordado verse donde su pequeña historia comenzó: el faro. 
Todo permanecía como la última vez que estuvo allí. El sonido de las olas rompiendo contra el acantilado le traía tantos recuerdos, que con el paso del tiempo habría preferido olvidar. No obstante, el primer amor nunca se deja ir.

Estando al pie del faro, se percató de lo insignificante que en realidad era. Comenzó a dudar de por qué había ido, ¿qué era lo que esperaba? De repente, una voz desconocida irrumpió sus pensamientos: 
Si viene a ver el atardecer, debe apresurarse, señorita.
—Sí, gracias. 

Siguió su camino por las escaleras, el cual era corto, pero en ese momento el tiempo pareció detenerse, el aire estaba más pesado y no podía pensar claro. Había hecho tanto por él. Todo, y después de su último encuentro, juró jamás volverlo a ver. Dejo que la objetividad invadiera su corazón, rechazando el sentir para abrirle la puerta a su ahora único compañero: el discernimiento. Se tomó unos segundos para recobrar la postura, no quería verse débil y mucho menos mostrarle que aun tenía un poco de poder sobre ella. 

Retomó con paso firme el último tramo de aquella escalera de caracol, hasta que topó con la puerta, la abrió y lo vio...

Se posaba tan altanero sobre aquel balaustre, con esa sonrisa tan coqueta que en algún momento la enamoró, con ese brillo en los ojos que algún día la hizo soñar con la eternidad. Su cabello había crecido y sus hombros se habían ensanchado; se notaba claramente que estaba ejercitándose. 
Por un instante sintió la necesidad de correr hacia él y besarlo apasionadamente, soltando los malos recuerdos. Pero no. Se limitó a hacer un gesto cordial con la mano, como si fuera un completo extraño.
 —Pensé que había pasado mucho tiempo, pero sigues igual. No me malinterpretes, sólo me refiero a que te ves bien —dijo él tomándola de la mano—. 
—Hola —respondió con aire de desdén mientras se soltaba—. Tú también te ves bien.

Aquel hombre la hizo sufrir mucho, y al parecer no tenía la más mínima intención de mostrarse apenado o algo similar, ¡qué descaro! ¿Qué más podía pedir? Era típico de él, incluso fue factor por el cual cayó a sus pies.

No dejaba de decirle a sus adentros «es tan idiota», mientras asentía, hacía expresiones de sorpresa, sonreía o simplemente intentaba parecer interesada en una conversación que sabía que no llegaría a ninguna parte. Meramente superflua. 
Estaba ausente. Pensaba en cómo fue que aceptó ir, en cómo es que la cosas cambian y no trascienden y en qué fue lo que les pasó si era tan iguales de maneras sumamente distintas. Sin embargo, llegó a la conclusión de que ya nada importaba. Ya no podía perder algo que se ausentó hace mucho, que casi todo lo que tenía se lo dio sin más ni menos y que ahora lo único que le quedaba era un fragmento de su alma colgando de la comisura de sus labios ansioso por decirle adiós.

—Espera —lo interrumpió con un mohín fatigoso—. Él se calló con sobresalto y nada más se limitó a verla con algo de preocupación.
—Tenía la esperanza de que con el simple hecho de verte, nuestra situación cambiara, pero no, no fue así. Lo único que siento por ti es coraje. ¿Por qué? Por haberme hecho caer en la realidad de que no hay nada más puro que el amor a nosotros mismos. Porque de haberlo sabido desde el principio, tan sólo hubiera besado tus labios y dado media vuelta sin mirar atrás. Y por último, coraje, porque caí en la cuenta de que tus ojos no dicen nada. Son tan sólo dos pupilas de color café que no supieron reflejar lo que alguna vez yo sentí por ti. 






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